61 Muestra Internacional de Cine en Xalapa

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– El largometraje ‘Fuocoammare’: Fuego en el mar, es un testimonio geográfico

Lampedusa es una isla italiana de 20 km² con 5500 habitantes. Es un territorio a 205 km de Sicilia y a 113 km de Túnez. Lampedusa es geográficamente africana, políticamente italiana. Es la puerta a Europa para miles de refugiados que huyen por guerra, hambruna y escasez. Lampedusa  es la realidad que documenta Gianfranco Rosi en su más reciente trabajo Fuocoammare: Fuego en el mar, abriendo la 61 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional en Xalapa, Ver.

Fuego en el mar está construida por una narración de contraste: por un lado conocemos el éxodo de miles de africanos que cruzan por Lampedusa, por el otro, conocemos la cotidianidad de los habitantes.

El largometraje no es un documental sobre la travesía de cruzar fronteras y abandonar infiernos, tampoco sobre las condiciones de vida en una isla mediterránea. Es, con toda la intención del realizador, un testimonio geográfico.

En ella observamos dos contextos que jamás se cruzan. Dos sociedades en condiciones completamente distintas que ni cercanamente podrán visualizarse, a pesar de rozar las mismas costas.

En esta geografía, habita la historia de un niño y su resortera que sufre de ojo vago por utilizar sólo el derecho para apuntar a sus objetivos, que va a clases de inglés, que tiene un padre con la función de ser pescador porque no hay otra función que desempeñar para la clase obrera de la isla, de médicos que reciben refugiados, de personal gubernamental para registrar las cifras de muertos e inmigrantes. Habitan también, embarcaciones que contienen personas deshidratadas, embarazadas, violadas, seres humanos castigados por nacer en la periferia del mundo, cuerpos muertos.

‘Fuego en el Mar’, título de la película, hace alusión al nombre de un popular canción italiana que describe el hundimiento de un barco en las costas de Lampedusa durante la segunda guerra mundial, periodo que fue invadida por el ejército británico.

Libia, Siria, Somalia, Costa de Marfil, entre otros, son los países de donde provienen miles de refugiados que año con año cruzan el mar para encontrarse con Europa y reconfigurar sus condiciones de vida. Huyen de guerras que no terminan de comprender, de la imposibilidad a subsistir en el continente más pobre del mundo. Huyen de la marginación. Una marginación provocada por siglos de colonizaciones europeas que hoy y desde hace décadas reciben sus estragos en cada uno de los africanos que tocan Europa.

Incluso en estas embarcaciones la clase importa: los que viajan en la superficie del barco pagan la mayor cantidad, los que viajan en medio, su cuota es menor, los de abajo, que discurren entre agua y gasolina, son amontonados en las bodegas, en su asiento de clase baja. Narra uno de los médicos de Fuego en el Mar.

Desde hace 20 años, cuando se empezaron a registrar las primeras cifras del éxodo, 20,000 personas han muerto en su traslado a Europa. En 2011, con la invasión de la OTAN en Libia para derrocar el gobierno de Muamar Gadafi y adjudicarse los recursos naturales del medio oriente, así como implantar bases militares para controlar la zona, se registraron 61,000 desplazados de África.

http://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/10/131015_internacional_migracion_europa_africa_mapas_amv

Observamos otro testimonio en la película: frente a nosotros el rostro de un inmigrante nigeriano que canta su recorrido por países como Libia o Siria, los demás aplauden y corean, la voz cuenta de cómo beben la orina para sobrevivir al desierto del Sahara, de cómo son torturados, violados y encarcelados por ISIS, de cómo se amotinan en espacios reducidos y caen desmayados y mueren asfixiados y llegan a Italia. Sin embargo no es una voz quebrada la que canta, es un africano de cosmovisiones tan distintas a las occidentales y Gianfranco Rosi las retrata perfectamente.

La occidentalidad es mostrada en el niño que protagoniza la historia. Vemos a un pequeño con inclinaciones bélicas que construye resorteras e imagina metralletas disparando a su entorno. Lo vemos aprender inglés, siendo homogeneizado por los estándares internacionales de educación. Viviendo con su abuela católica, que besa la frente de las estatuillas religiosas y escucha las óperas icónicas italianas que son pilar de la música occidental.

Sin embargo la película no profundiza en las prácticas de la cultura africana, ni las estructuras sociales de occidente, ni el fenómeno de los desplazados por guerras e invasiones, ni las políticas de migración. Fuego en el mar muestra nuestro ojo vago. Aquel ojo averiado, disfuncional, que dejó de utilizarse porque nada más vemos de un lado. Porque somos indiferentes a las clases dominantes que provocan el desplazamiento de miles y miles de personas en busca de vida digna por invasiones a sus territorios.

Al final, Fuego en el mar toca una membrana sensible de forma implícita: la disociación de nuestro entorno, ignoramos lo que acontece en nuestras fronteras, tanto simbólicas, culturales y sociales.

En nuestra geografía; América, México, Veracruz, observamos a inmigrantes centroamericanos cruzar nuestro país con el mismo peso de la desolación que los africanos cargan en su desplazamiento. Ellos no sufren a manos de ISIS, sino por el crimen organizado. Ellos no huyen de las guerras, sino por la inoperancia de las instituciones del Estado que provoca la delincuencia.

Ambos buscan mejores condiciones de vida: la exploración salarial de países industrializados que amasan el capital, despojando a la periferia de sus recursos naturales. Paradójicamente, los despojados terminarán ofreciendo su mano de obra para trabajar los recursos naturales que les fueron arrebatados en los países que provocan su miseria.

En el mar hay fuego, pero no es visible.

Así comienza la 61 muestra internacional de cine de la Cineteca Nacional, que ha inaugurado actividades con un documental memorable y una sala llena en el Ágora de la Ciudad.

Cabe destacar la asistencia del Director General del Instituto Veracruzano de Cultura, Enrique Manuel Márquez Almazán, en la inauguración del evento. Enfatizó su agradecimiento por la afluencia de público que visita el Ágora en la primera función de la muestra. Cabe destacar también, que los patrocinadores se encontraban presentes, que funcionarios del IVEC se encontraban presentes, que la prensa se encontraba presente y que sólo un porcentaje era público común que volverá a las funciones durante dos semanas.

Es evidente que una sala con lleno absoluto no es muestra fidedigna para diagnosticar la abundancia de un público inclinado al cine de autor y al documental. Hace falta infraestructura cultural y administración pública para que largometrajes como los exhibidos en la muestra, alcancen mayor número de espectadores. Podríamos hablar de concesiones a las empresas privadas de salas de cine que monopolizan el mercado, podríamos hablar de la ausencia de una cineteca pública en Veracruz, podríamos extendernos con muchos etcéteras.