El discreto encanto de las instituciones culturales

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La infraestructura teatral

La inestabilidad del teatro veracruzano, específicamente del teatro elaborado en el puerto, está profundamente relacionada con la ausencia de instituciones que construyan una práctica del consumo teatral en la población o una formación de creadores propios de la teatralidad.

Hablamos de dos problemas: La creación y el consumo.

El Estado, como operador sistemático de la ciudadanía, tiene la obligación de proporcionar los recursos necesarios para la creación, producción, difusión y consumo de bienes culturales que sensibilicen a una sociedad con su entorno y patrimonio cultural. A través de la recaudación de impuestos y acciones económicas, el Estado desarrolla instituciones para proveer las necesidades básicas a sus poblaciones: funciona para servir las demandas populares. Una de las características que toda sociedad necesita para su desarrollo, es la creación de organismos culturales que doten experiencias estéticas. Es decir, infraestructura cultural dónde producir obras artísticas y creadores de arte. Hablando de la teatralidad, en el puerto de Veracruz no existen instancias subvencionadas por el Estado que acrediten estudios profesionales de teatro, ni casas culturales que implementen talleres técnicos ni ideológicos. La centralización de los medios para la formación intelectual, similar a la centralización de nuestros sistemas económicos, políticos y culturales, provoca la migración a donde el teatro u otras disciplinas artísticas se instruyen a niveles académicos.

Para el Instituto Veracruzano de Cultura, no hay fondos para impulsar el teatro.

La formación de actores, directores, dramaturgos, escenógrafos y público, corre a cuenta de particulares interesados en la disciplina teatral, cumpliendo las funciones que el Estado omite. Estamos hablando de la precarización del director escénico, del actor, del dramaturgo, del técnico y de todos los integrantes del recurso humano que hacen al teatro posible. Si las instituciones culturales no les interesa generar plataformas de formación teatral ni difusión escénica, mucho menos arropan a los gestores y realizadores de teatro independiente.                                                                     Arropar no significa “prestar”, es decir, alquilar un foro que los ciudadanos financiamos u ofrecer una decena de becas y estímulos por año concursando tras ellos. Arropar significa encauzar a los creadores escénicos para consolidar sus proyectos. En otras palabras: suministrar de recursos materiales, espaciales y comerciales a los creadores, para realizar una función social que el Estado debe cumplir, a través de bienes y programas culturales. El Estado parece financiar aquello que le remunera grandes capitales a sus fondos. La sustentabilidad económica de los artistas, activando sus campos laborales con inversiones del sector público, no está dentro de la agenda para mover a México.  

Es cuando abordamos el segundo problema: el consumo.

En Veracruz (y aquí podemos hablar de la generalidad) tampoco existe mercado escénico. El mercado es el medio donde el producto llega al consumidor. Un productor necesita de este mercado, sea físico o virtual, para ofrecer sus bienes o servicios al consumidor y continuar produciendo. El teatro es presencial. En su expresión mínima, éste se integra por un público y un creador. La presencia del público radica en visitar un espacio donde pueda ver teatro, debatir teatro, cuestionar teatro, dialogar con el teatro. La carencia de espacios ha derivado prácticas alternas al recinto arquitectónico para la muestra de propuestas teatrales, esto es: Foros culturales independiente, parques, plazas, casas de particular, el espacio urbano, la calle misma.

El consumidor no tiene territorios teatrales definidos que puedan internarlo en el consumo periódico de puestas escénicas. Los espacios autónomos nacen y mueren con inmediatez, emigran, se dislocan. Más allá del espacio (carencia que apenas puede sobrellevarse) la centralización de los recintos culturales pertenecientes al IVEC, impactan a un público mínimo asentado en las aproximaciones del centro histórico. El consumo de narrativas estéticas queda relegado, en su mayoría, al gremio artístico. El impacto mediático de la misma institución gubernamental es nulo, a pesar de contar con medios masivos de comunicación, de otorgar concesiones a las televisoras, de implementar cuantiosas cantidades propagandísticas en la legitimación a sus gobernantes, de aculturalizar una población para el hiper-consumo; se limitan a colgar un cartel, para una obra, de una función. 

Qué esperar de los foros independientes con recursos infinitamente menores.  

Se precisa de ese espacio simbólico y territorial donde la gente diga, ahí se mira teatro, ahí hay presentaciones cada semana, cada mes. Así como el inmueble para el cine, el estadio para el fútbol, la galería para la plástica, el teatro necesita un espacio simbólico de reconocimiento que centralice las actividades escénicas, forme mercado, regularice precios, adquiera consumidores y, posteriormente, ramifique sus puestas escénicas en la periferia, ya con una carga simbólica y un acercamiento al público más constituido que la presente dispersión del teatro porteño. ¿Cómo exponer la estética contemporánea, sin siquiera contar con el espacio tradicional?

De frente a la problemática de creación y consumo tenemos los siguientes ejes:

  1. Los mecanismos ideológicos y culturales del Estado omiten la formación de creadores escénicos.
  2. Las instituciones culturales en el puerto, desde su creación, no han edificado infraestructura para que los creadores presenten, ensayen y mercantilicen sus productos teatrales.
  3. El Estado no activa la economía teatral, no produce públicos, no es capaz de impactar la periferia del territorio porteño y no genera una puesta en valor de los servicios teatrales.

Estas son las cualidades básicas que impiden la proliferación de cualquier productor cultural. Ni formación de productores, ni mercado, ni público. ¿Dónde quedan las propuestas estéticas? ¿Dónde queda la sensibilización social? ¿Dónde los movimientos artísticos? ¿Dónde el cuestionamiento a la realidad, la construcción de mundos, la alimentación perceptiva, la subjetividad creadora?

Aunado a esto, la clase política desvió fondos en todas las dependencias posibles. La precarización cultural va para largo.

La complicidad, síntoma de un mal sistémico.

Katya Mandoki (2007) analiza en La construcción estética del Estado y de la identidad nacional, los diversos mecanismos institucionales del Estado para generar una estética e infraestructura cultural acoplada a sus necesidades hegemónicas o desarticular cualquier brote insurreccional a las cúpulas del poder artístico. Históricamente, las poblaciones son permeadas por aparatos ideológicos que configuran los criterios y conductas para que una sociedad reaccione a estímulos predeterminados e ignore fenómenos de participación política.

Pierre Bourdieu (1983) en su teoría de los campos expuesta en Poder, Derecho y Clases Sociales, acuña el concepto de capital cultural, para definir la acumulación de procesos cognitivos y educativos mediante la socialización. En la socialización, además de adquirir herramientas que estimulen la cognición y amplíen nuestras experiencias estéticas y educativas, también se acumulan capitales sociales, es decir, las redes de colaboración, relación e influencia.

El teatro representa un medio poderoso de sociabilización. Ya en la época virreinal, el teatro novohispano funcionó para adoctrinar a las poblaciones autóctonas del país. Siglos posteriores, los movimientos descolonizadores y contrahegemónicos, propiciaron la creación de movimientos como el teatro épico, teatro del silencio, teatro del oprimido, teatro postdramático, por decir algunos. Las posibilidades del teatro para enajenar sociedades u organizarlas son muy significativas. En Veracruz, no es casualidad que el Estado se encargue de marginar al teatro y a sus creadores. Al truncar la formación y los medios, trunca también la sociabilización de los activos teatrales que establezcan redes de colaboración para enriquecer los capitales culturales de los veracruzanos y de los creadores entre sí. 

Hay un discreto encanto de las instituciones culturales por omitir a los productores culturales, paradójico. Es la muestra de un Estado corrompido, junto a un sistema cultural totalmente caduco. 

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