Pasos para ser daltónico y morir mientras conduces

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Y entonces te vi con unas luces girando en tu rostro, luces de colores, luces muy brillantes en tus ojos muy brillantes y en tu pelo tan brillante. Hablamos, también me mirabas, también respondías y también tus ojos rompían con los míos para disimular que ya no estabas aquí, que estabas ahora sentada, en mi sillón, viviendo conmigo, preparando la cena mientras enjuago los trastes y te vuelvo a mirar y te escucho decir qué día es hoy, preguntas, debemos pagar el alquiler, debemos cambiar las toallas del baño, pero me gustan las toallas del baño, están húmedas, sucias, inodoras. Tienen el hedor de tus calcetines. Me gusta como huelen tu calcetines. Me gusta el olor de tu boca cuando duermes o despiertas o finges abrir la boca cuando duermes o despiertas, me gusta mucho la marca de tus dientes en el pan, la marca de tus manos en la piel, la marca de tus hombros en el aire. Entonces te caes y debo cuidarte la espalda. Tienes la espada desgranada, estás enferma, estás pálida, toses mucho, tienes fiebre, roncas. Te preparo agua tibia, te lavo los pies, te cargo en brazos y miras el sol, vamos de viaje, caminas de nuevo, cargas una larga mochila a cuestas, el espinazo mejoró y subes montañas y sólo entonces descubro la grandeza de las colinas que pueden cargarte, a cuestas, como una mochila que contiene la enormidad y las cosas, las cosas, aquellas a las que llamamos cosas. Y bailamos, bajamos la montaña, bajamos las cortinas, bajamos las escaleras, bajamos los pantalones, bajamos las faldas, bajamos la ventana, bajamos los gatos, bajamos las maletas, bajamos el interruptor, bajamos el telón. Bailamos. La acción de bajar necesita de una fuerza que atraiga el cuerpo de quien está bajando y entonces bailamos, te jalo el brazo y das un giro y luego otro. Y nos cansamos, estamos sudados, coges una silla y yo otra y el cuerpo reposa y los pies reposan y el sudor reposa y el temperamento reposa y las historias reposan y la comedia reposa y los augurios reposan y el conversatorio reposa y los labios reposan y la saliva reposa y nos cansamos. Regresas a la casa, ignoras los forros de mi sillón, lavas las toallas y te las llevas, los calcetines te los llevas y tú te llevas contigo. Te extingues, te vas muy lejos, desapareces en otra ciudad, fundas otra galaxia, no sé, pero te vas al carajo o a mi me dejas del carajo. Estoy agrio, duermo por horas o muy poco, me alimento de la basura o muy poco. Quiero chillar. No llorar, no. C h i l l a r. Porque emite ruidos, desgarro. Quiero gritar y arrancarme la garganta y escuchar como el grito se funde con el dolor y se desvanece hasta quedar la garganta en mi mano y las cuerdas vocales en mis pulgares colgando mientras yo completamente afónico alargo el grito. Quiero callar. Mirar el vacío. Estar inmóvil. Estar en pijama por la casa, estar hasta tarde en calzones. Tener panza, no afeitarme. Salir a comprar comida y regresar de inmediato. Mirar la televisión por horas, ver películas impopulares, ponerme las chanclas con los calcetines que olvidaste. Barrer sin playera. Escuchar la puerta, abrirla, ver amigos, hablar con ellos, vivir con ellos, mudarme. Reír de sus acciones, de sus bromas, de la forma en la que encaran la vida. Embriagarme, acompañado, ya no solo. Ingerir mierda, despertar en la calle, hacer ejercicio. Caminar, inventar algo, inventar un idioma, construir un auto, ganar un trofeo, escribir sonetos, componer canciones con cazuelas de comida. Ser atropellado, estar en cama, estar medicado. Rehabilitarme, adherirme a un movimiento, hablar, balbucear, fornicar, fornicar con las militantes del partido, hacer una revolución, perder la guerra, intentarlo de nuevo, ganarla, redactar una constitución, encarcelar a los adversarios, gobernar para la gente, ser un ídolo, una leyenda, una con vida. Acelerar la economía, activar el campo, ampliar la cultura. Molestarme, incomodarme, engrandecerme. Doblegar, cometer rabietas muy grandes. Inaugurar plazas, fábricas, puertos, fechas conmemorativas, parques. Exiliar a detractores, omitirlos, reprimirlos, asesinarlos. Instaurar el régimen, ordenar persecuciones, infundir miedo, terror. Mirar desde los aires una marcha, una contienda, una rebelión, manifestaciones. Ser denunciado por abusos, por excesos, por tirano. Ser noticia internacional, ser noticia histórica, ser irreconocible. Derrocarme. Enjuiciarme, enviarme a la cárcel. Vivir en prisión, atiborrado, señalado, marginado, recluido, arrepentido, adolecido, solo. Habitar cien años así, medio siglo, décadas. Alimentarme con puré de papa y frijoles todos los días y las noches, vestir atuendo gris, jugar al básquet con otros carcelarios, reñir, ser apuñalado, tatuarme una serpiente, masturbarme con el recorte antiguo de alguien mostrando sus piernas sin alcanzar a definir el género o el sexo de quien aparece en un trozo de revista. Ser violado. Ser agredido periódicamente por sicarios de la prisión. Querer llorar, querer chillar. Querer chillar y no poder, forzarlo, forzar el grito, forzar el coraje, no poder, no tener garganta, tonto, te la has arrancado. Haz esfuerzo, sangra por el rencor, por la desolación, barrita como animal o explota como un átomo. Asesínate, violéntate. Cuélgate. Hacer el nudo y no poder, frustrarte, vivir más tiempo, coño, más días. Ver el cielo cambiar de rojo a morado, a naranja, amarillo, azul, casi blanco, amarillo de nuevo, naranja otra vez, rojo, morado, marrón, azul profundo, casi negro, negro. Azabache. Y todo en una ventana, en la que bajaste y no vuelve a subir, en la que está perdida, sigue extraviada o ya la olvidaste. Todo pasa, todo se revuelve, se pone turbio, me hago viejo, se asoman las canas, se arruga la piel, me canso rápido y con nada, me acuesto por horas, me relajo. La mirada, desgastada, se sosiega. Me despierto, me levanto, cumplo la condena y salgo. Me retiro a casa, vuelvo a casa, no tengo casa. Vuelo a otro país, me adentro en las profundidades de un pueblo, de una comunidad desconocida incluso por las etapas del planeta. Monto una cabaña, adopto perros, crio gallinas, siembro palmeras, arbustos. Convivo con los lugareños, con la señora Lula, con don Jaime, el niño Sebastián. Compro una mecedora de mimbre, del material que están hechos todos los muebles de la literatura, y me aglutino, me aprieto contra la mecedora en un cobertizo, cuelgo una hamaca. Me acerco al rumor de las fiestas, de los carnavales, de la señora Lula y don Jaime bailando en la plazuela y acepto sus invitaciones inmediatamente. Consigo guayaberas, aprendo a bailar, bailo danzón y son cubano y salsa y otras danzas regionales que desconozco el nombre pero que me indican en qué lugar va el pie, por dónde pasar las manos, cuál es el movimiento del culo. Y bebemos café amargo, muy negro, caliente, con habanos, unos gruesos, bien forjados. Conozco a citadinos, a más personas, otras ciudades con grandes lagos y bosques. Me pierdo varios meses con varias semanas en lo inhóspito de la muchedumbre desconocida y de la vegetación virginal. Retorno, preocupados, la señora Lula y don Jaime, preocupados. Sebastián ha crecido. Me interno en casa, armo un herbario, bailo en las tardes y prosigo. Voy al zócalo, a la verbena, al jolgorio. Y me voy de farra por las calles y me divierto y me rio y entonces me llegan noticias de mi país, del que se cae, del que asciende un tirano, otro dictador de otro tiempo y compro el periódico y se lo pongo a mis gallinas y entonces regreso al baile, regreso al parrandeo y prenden luces de colores y estallan fuegos artificiales y el cielo se prende y entonces te veo con unas luces girando en tu rostro, luces de colores, luces muy brillantes en tus ojos muy brillantes y en tu pelo tan brillante. En tus ojos de colores que rompían con los míos para disimular que ya no estabas aquí, que estabas ahora sentada, en mi sillón, viviendo conmigo, preparando la cena mientras enjuago los trastes y te vuelvo a mirar y te escucho decir qué día es hoy, preguntas, debemos pagar el alquiler, debemos cambiar las toallas del baño, pero me gustan las toallas del baño, están húmedas, sucias, inodoras. Tienen el hedor de tus calcetines. Me gusta como huelen tu calcetines. Me gusta el olor de tu boca cuando duermes o despiertas o finges abrir la boca cuando duermes o despiertas, me gusta mucho la marca de tus dientes en el pan, la marca de tus manos en la piel, la marca de tus hombros en el aire. Entonces te caes…

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