Aunque estemos destinados a no ser…

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Por Jackie Hernández, 29 de Agosto del 2016. Boca del Río, Ver.


No hay momento del día en el que no esté presente en tu mente y en tu cuerpo, él está lejos, no puede tocarte. No hace falta, tienes bien grabado como te hacen vibrar sus roces, la presión de cada una de sus caricias, el calor de su aliento, el ritmo de sus besos, la intensidad de su mirada a juego con la fuerza de sus penetraciones.  Y eres toda suya, pero él no puede ser todo tuyo, siempre lo supiste y estuviste de acuerdo, se supone todo duraría lo que tuviera que durar y sería sencillo, sin complicaciones, pura complicidad y nada más.

No representa ni pizca de lo que tenías planeado para ti, ni tan siquiera se acerca a lo que buscabas, pero te das cuenta que de eso se trata “sentir”, gozar la plenitud de estar envuelta en lo desconocido, disfrutando la travesura de lo que para otras realidades sería prohibido. Y aunque para algunos suene escandaloso no te arrepientes ni un poco, siempre has sabido lo que quieres a tal punto que resulta egoísta, cada paso que das es por conveniencia y no me refiero a lo económico o material, si no a enriquecerte de vivencias, recolectar fragmentos de vida de los cuales te despojas cada noche antes de dormir y guardas bajo llave.

Las mañanas se vuelven curiosas porque, aunque lo hayas tenido una noche antes, extrañas su aroma y abrazas el calor que dejo en las sábanas. Desesperada buscas en tu memoria cualquier nombre que pueda replicar exactamente lo que hizo contigo, pero olvidas que eres débil al cerrar los ojos; y ya estas recordando como besaba tu cuello, te muerdes el labio repitiendo mil veces como su voz pronuncia un te amo en el momento justo en el que tus terminaciones nerviosas se conjugan en ese bendito desborde de pasión que solo él provoca.

Quieres despejarte y caminas, sonríes, no has dejado de pensar en él por más de dos segundos. Sientes pánico, empiezas a formular todo tipo de salidas, planes a, b, c, y d pasaron por tu cabeza que secretamente quieres que fallen. Intentas convencerte de abandonar el juego apoyada de la moral, permitiéndote sacar del cajón las culpas y los remordimientos, incluso las palabras juiciosas de alguna que otra amistad a la que equivocadamente pediste consejo.

Nada funciona. Tienes una última carta, la del miedo a perderte a ti misma, así como el control de la situación y no poder reparar los daños.  Quieres correr en dirección contraria al limbo emocional del que has sido testigo muchas veces, y te detienes en seco. Te encuentras justo en medio del ojo del huracán, en cuyas ráfagas visualizas todos aquellos momentos en los que fuiste feliz, y los que no fuiste tanto pero que te hicieron aprender lecciones.

Piensas en todas esas situaciones en las que abandonaste toda oportunidad con alguien para evitar perder todo. Te enfocas en la escena donde estuvieron juntos por última vez, te concentras en su risa y el reto en su mirada. Recuerdas hasta que número te quedaste al contarle los lunares, juguetean, ríen y aun así decides irte, por qué tiemblas al caer en la cuenta de que lo amas como a nunca nadie, y que él también lo hace como a nadie nunca, pero que aún así están destinados a no ser.

No va a ser fácil eso lo sabes bien, puesto que nunca has enfrentado algo similar. ¿Vas a dejar de amarlo? Eso será cuestión de tiempo, y de que tan cómica quiera ser la vida contigo. Tal vez en unos años estés en la cocina sirviéndote una copa de vino, te recargarás sobre la mesa y mientras bebes un sorbo, recordarás su primer beso o aquella vez que se quedó dormido en tus piernas. Quizá te lo topes haciendo las compras o mientras cargas gasolina. ¿Y por qué no? algún día te abrace por la espalda acariciando tu cabello lleno de canas, mientras miras a sus nietos correr por el patio de su casa…